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2005

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ANGELUS - 01-11-2005

Martes 1 de noviembre de 2005

Solemnidad de Todos los Santos


Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos, que nos hace gustar la alegría de formar parte de la gran familia de los amigos de Dios o, como escribe san Pablo, de "participar en la herencia de los santos en la luz" (Col 1, 12). La liturgia vuelve a proponer la expresión, llena de asombro, del apóstol san Juan: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1 Jn 3, 1). Sí, ser santos significa realizar plenamente lo que ya somos en cuanto elevados, en Cristo Jesús, a la dignidad de hijos adoptivos de Dios (cf. Ef 1, 5; Rm 8, 14-17). Con la encarnación del Hijo, con su muerte y resurrección, Dios quiso reconciliar consigo a la humanidad y hacerle partícipe de su misma vida. Quien cree en Cristo, Hijo de Dios, renace "de lo alto", es regenerado por obra del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 1-8). Este misterio se realiza en el sacramento del bautismo, mediante el cual la madre Iglesia da a luz a los "santos".

La vida nueva, recibida en el bautismo, no está sometida a la corrupción y al poder de la muerte. Para quien vive en Cristo, la muerte es el paso de la peregrinación terrena a la patria del cielo, donde el Padre acoge a todos sus hijos, "de toda nación, raza, pueblo y lengua", como leemos hoy en el libro del Apocalipsis (Ap 7, 9). Por eso, es muy significativo y apropiado que, después de la fiesta de Todos los Santos, la liturgia nos haga celebrar mañana la conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La "comunión de los santos", que profesamos en el Credo, es una realidad que se construye aquí en la tierra, pero que se manifestará plenamente cuando veamos a Dios "tal cual es" (1 Jn 3, 2). Es la realidad de una familia unida por profundos vínculos de solidaridad espiritual, que une a los fieles difuntos a cuantos son peregrinos en el mundo. Un vínculo misterioso pero real, alimentado por la oración y la participación en el sacramento de la Eucaristía. En el Cuerpo místico de Cristo las almas de los fieles se encuentran, superando la barrera de la muerte, oran unas por otras y realizan en la caridad un íntimo intercambio de dones. En esta dimensión de fe se comprende también la práctica de ofrecer por los difuntos oraciones de sufragio, de modo especial el sacrificio eucarístico, memorial de la Pascua de Cristo, que abrió a los creyentes el paso a la vida eterna.

Uniéndome espiritualmente a cuantos van a los cementerios para rezar por sus difuntos, también yo, mañana por la tarde, acudiré a orar a la cripta vaticana, ante las tumbas de los Papas, que forman una corona en torno al sepulcro del apóstol san Pedro, y recordaré de modo especial al amado Juan Pablo II. Queridos amigos, ojalá que la tradicional visita de estos días a las tumbas de nuestros difuntos sea una ocasión para pensar sin temor en el misterio de la muerte y mantener la incesante vigilancia que nos prepara para afrontarlo con serenidad. Que en esto nos ayude la Virgen María, Reina de los santos, a la que ahora nos dirigimos con confianza filial.

Después del Ángelus

Me complace saludar con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración del Ángelus. Queridos hermanos y hermanas, en esta solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos invita una vez más a proseguir por el camino de la santidad, siguiendo el ejemplo de aquellos que nos han precedido y que, fieles a la llamada del Señor, practicaron las bienaventuranzas, amando a todos como Dios nos ama.


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ANGELUS - 06-11-2005

Domingo 6 de noviembre de 2005


El 18 de noviembre de 1965 el concilio ecuménico Vaticano II aprobó la constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, que constituye uno de los pilares de todo el edificio conciliar. Este documento trata de la Revelación y de su transmisión, de la inspiración y de la interpretación de la sagrada Escritura y de su importancia fundamental para la vida de la Iglesia.
Recogiendo los frutos de la renovación teológica precedente, el Vaticano II pone en el centro a Cristo, presentándolo como "mediador y plenitud de toda la Revelación" (n. 2). En efecto, el Señor Jesús, Verbo hecho carne, muerto y resucitado, realizó la obra de salvación, por medio de gestos y palabras, y manifestó plenamente el rostro y la voluntad de Dios, de modo que hasta su vuelta gloriosa no se debe esperar ninguna nueva revelación pública (cf. n. 3). Los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, son los depositarios del mensaje que Cristo encomendó a su Iglesia, para que se transmitiera íntegro a todas las generaciones. La sagrada Escritura del Antiguo y el Nuevo Testamento y la sagrada Tradición contienen este mensaje, cuya compresión progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo. Esta misma Tradición permite conocer el canon íntegro de los Libros sagrados y hace que se comprendan correctamente y sean operantes; así, Dios, que habló a los patriarcas y a los profetas, no cesa de hablar a la Iglesia y, por medio de ella, al mundo (cf. n. 8).

La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio; y en su camino se orienta siempre según el Evangelio. La constitución conciliar Dei Verbum ha dado un fuerte impulso a la valoración de la palabra de Dios; de allí ha derivado una profunda renovación de la vida de la comunidad eclesial, sobre todo en la predicación, en la catequesis, en la teología, en la espiritualidad y en las relaciones ecuménicas. En efecto, la palabra de Dios, por la acción del Espíritu Santo, guía a los creyentes hacia la plenitud de la verdad (cf. Jn 16, 13). Entre los múltiples frutos de esta primavera bíblica me complace mencionar la difusión de la antigua práctica de la lectio divina, o "lectura espiritual" de la sagrada Escritura. Consiste en reflexionar largo tiempo sobre un texto bíblico, leyéndolo y releyéndolo, casi "rumiándolo", como dicen los Padres, y exprimiendo, por decirlo así, todo su "jugo", para que alimente la meditación y la contemplación y llegue a regar como linfa la vida concreta. Para la lectio divina es necesario que la mente y el corazón estén iluminados por el Espíritu Santo, es decir, por el mismo que inspiró las Escrituras; por eso, es preciso ponerse en actitud de "escucha devota".

Esta es la actitud típica de María santísima, como lo muestra emblemáticamente el icono de la Anunciación: la Virgen acoge al Mensajero celestial mientras medita en las sagradas Escrituras, representadas generalmente por un libro que María tiene en sus manos, en su regazo o sobre un atril. Esta es también la imagen de la Iglesia que ofrece el mismo Concilio en la constitución Dei Verbum: "Escucha con devoción la palabra de Dios..." (n. 1). Oremos para que, como María, la Iglesia sea dócil esclava de la Palabra divina y la proclame siempre con firme confianza, de modo que "todo el mundo, (...) oyendo crea, creyendo espere y esperando ame" (ib.).

Después del Ángelus

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, especialmente a la "Escuela de padres" de Cartagena. Al conmemorar el cuarenta aniversario de la constitución dogmática Dei Verbum, del concilio Vaticano II, sobre la divina revelación, os exhorto a escuchar devotamente la palabra de Dios y a proclamarla con valentía, para que todo el mundo crea, creyendo espere y esperando ame. ¡Feliz domingo!


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ANGELUS - 13-11-2005

Domingo 13 de noviembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, en la basílica de San Pedro, han sido proclamados beatos los siervos de Dios Carlos de Foucauld, presbítero; María Pía Mastena, fundadora de las Religiosas de la Santa Faz; y María Crucificada Curcio, fundadora de la congregación de las Religiosas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús. Se suman a la numerosa multitud de beatos que, durante el pontificado de Juan Pablo II, fueron propuestos a la veneración de las comunidades eclesiales en las que vivieron, con la certeza de lo que el concilio ecuménico Vaticano II subrayó con fuerza, es decir, que todos los bautizados están llamados a la perfección de la vida cristiana: sacerdotes, religiosos y laicos, cada uno según su carisma y su vocación específica.

En efecto, el Concilio prestó gran atención al papel de los fieles laicos, dedicándoles todo un capítulo —el cuarto— de la constitución Lumen gentium sobre la Iglesia, para definir su vocación y su misión, enraizadas en el bautismo y en la confirmación, y orientadas a "buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios" (n. 31). El 18 de noviembre de 1965, los padres aprobaron un decreto específico sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam actuositatem. En él se subraya, ante todo, que "la fecundidad del apostolado de los laicos depende de su unión vital con Cristo" (n. 4), es decir, de una sólida espiritualidad, alimentada por la participación activa en la liturgia y expresada en el estilo de las bienaventuranzas evangélicas.
Además, para los laicos son de gran importancia la competencia profesional, el sentido de la familia, el sentido cívico y las virtudes sociales. Aunque es verdad que están llamados individualmente a dar su testimonio personal, particularmente valioso allí donde la libertad de la Iglesia encuentra obstáculos, sin embargo, el Concilio insiste en la importancia del apostolado organizado, necesario para influir en la mentalidad general, en las condiciones sociales y en las instituciones (cf. ib., 18). A este respecto, los padres impulsaron las múltiples asociaciones de laicos, insistiendo también en su formación para el apostolado. Al tema de la vocación y la misión de los laicos el amado Papa Juan Pablo II quiso dedicar la Asamblea sinodal de 1987, tras la cual se publicó la exhortación apostólica Christifideles laici.

Antes de concluir, quisiera recordar que el pasado domingo, en la catedral de Vicenza, fue beatificada una madre de familia, Eurosia Fabris, llamada "mamá Rosa", modelo de vida cristiana en su estado laical. A todos los que ya están en la patria celestial, a todos nuestros santos y, en primer lugar, a María santísima y a su esposo san José, les encomendamos todo el pueblo de Dios, para que crezca en cada bautizado la conciencia de estar llamado a trabajar con tesón y con fruto en la viña del Señor.

Después del Ángelus

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, especialmente a las Hermanas Canonesas de la Cruz al final de su primer encuentro de renovación espiritual, a las comunidades parroquiales de San Martín y San Julián de Burgos, así como a los fieles presentes en la beatificación de Carlos de Foucauld, María Pía Mastena y María Crucificada Curcio. Que el ejemplo de los nuevos beatos os ayude a avanzar en el camino de santidad al que nos compromete nuestro bautismo. ¡Feliz domingo!


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ANGELUS - 20-11-2005

Solemnidad de Cristo, Rey del universo

Domingo 20 de noviembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, último domingo del año litúrgico, se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.
Desde el anuncio de su nacimiento, el Hijo unigénito del Padre, nacido de la Virgen María, es definido "rey", en el sentido mesiánico, es decir, heredero del trono de David, según las promesas de los profetas, para un reino que no tendrá fin (cf. Lc 1, 32-33). La realeza de Cristo permaneció del todo escondida, hasta sus treinta años, transcurridos en una existencia ordinaria en Nazaret.
Después, durante su vida pública, Jesús inauguró el nuevo reino, que "no es de este mundo" (Jn 18, 36), y al final lo realizó plenamente con su muerte y resurrección. Apareciendo resucitado a los Apóstoles, les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18): este poder brota del amor, que Dios manifestó plenamente en el sacrificio de su Hijo. El reino de Cristo es don ofrecido a los hombres de todos los tiempos, para que el que crea en el Verbo encarnado "no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). Por eso, precisamente en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, él proclama: "Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 13).

"Cristo, alfa y omega", así se titula el párrafo que concluye la primera parte de la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, promulgada hace 40 años. En aquella hermosa página, que retoma algunas palabras del siervo de Dios Pablo VI, leemos: "El Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones". Y prosigue así: "Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor: "Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1, 10)" (n. 45). A la luz de la centralidad de Cristo, la Gaudium et spes interpreta la condición del hombre contemporáneo, su vocación y dignidad, así como los ámbitos de su vida: la familia, la cultura, la economía, la política, la comunidad internacional. Esta es la misión de la Iglesia ayer, hoy y siempre: anunciar y testimoniar a Cristo, para que el hombre, todo hombre, pueda realizar plenamente su vocación.

La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz.

Después del Ángelus

Me es grato saludar cordialmente a los peregrinos de lengua española presentes para la oración del Ángelus. De modo particular, saludo hoy a mis hermanos obispos de México, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles que, en la arquidiócesis de Guadalajara, participan en la beatificación de los mártires Anacleto González Flores y ocho compañeros, y también de José Trinidad Rangel, Andrés Solá Molist, Leonardo Pérez y Darío Acosta Zurita, que afrontaron el martirio por defender su fe cristiana. En esta solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, al que invocaron en el momento supremo de entregar su vida, ellos son para nosotros un ejemplo permanente y un estímulo para dar un testimonio coherente de la propia fe en la sociedad actual. Con estos sentimientos os imparto con gran afecto a vosotros y a todos los fieles mexicanos la bendición apostólica.

(En italiano)
Mañana, memoria litúrgica de la Presentación de la Santísima Virgen en el templo, se celebra la Jornada pro orantibus, es decir, por las comunidades religiosas de vida contemplativa. En nombre de toda la Iglesia, expreso gratitud a cuantos consagran su vida a la oración en la clausura, dando un testimonio elocuente del primado de Dios y de su reino. Exhorto a estar cerca de ellos con nuestro apoyo espiritual y material.


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ANGELUS - 27-11-2005

Primer domingo de Adviento

27 de noviembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo comienza el Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero está siempre bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: "Nacido de mujer, nacido bajo la ley", como escribe el apóstol san Pablo (Ga 4, 4).

El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: "Velad -dice Jesús-: pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa" (Mc 13, 35. 37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su "manifestación", y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren "irreprensibles" (cf. 1 Co 1, 7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: "Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación" (Sal 84, 8).

Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado "Tierra nueva y cielo nuevo". En él se lee: "La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5, 2; 2 P 3, 13). (...) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra". En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor.

Después del Ángelus

Al iniciar el Adviento, quiero saludar cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes y a cuantos siguen el rezo del Ángelus a través de la radio y la televisión. Que este tiempo litúrgico avive en vuestros corazones el deseo de salir al encuentro de Cristo, luz del mundo, y mantenga viva la llama de vuestra fe. Que María, Madre de la esperanza, guíe siempre vuestros pasos. ¡Feliz domingo!


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ANGELUS - 05-12-2005

Domingo 4 de diciembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

En este tiempo de Adviento la comunidad eclesial, mientras se prepara para celebrar el gran misterio de la Encarnación, está invitada a redescubrir y profundizar su relación personal con Dios.
La palabra latina "adventus" se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción.

La Virgen, que permaneció a la escucha, siempre dispuesta a cumplir la voluntad del Señor, es ejemplo para el creyente que vive buscando a Dios. A este tema, así como a la relación entre verdad y libertad, el concilio Vaticano II dedicó una reflexión atenta. En particular, los padres conciliares aprobaron, hace exactamente cuarenta años, una Declaración concerniente a la cuestión de la libertad religiosa, es decir, al derecho de las personas y de las comunidades a poder buscar la verdad y profesar libremente su fe. Las primeras palabras, que dan el título a este documento, son "Dignitatis humanae": la libertad religiosa deriva de la singular dignidad del hombre que, entre todas las criaturas de esta tierra, es la única capaz de entablar una relación libre y consciente con su Creador. "Todos los hombres —dice el Concilio—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y voluntad libre, (...) se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa" (Dignitatis humanae, 2).

El Vaticano II reafirma así la doctrina católica tradicional, según la cual el hombre, en cuanto criatura espiritual, puede conocer la verdad y, por tanto, tiene el deber y el derecho de buscarla (cf. ib., 3). Puesto este fundamento, el Concilio insiste ampliamente en la libertad religiosa, que debe garantizarse tanto a las personas como a las comunidades, respetando las legítimas exigencias del orden público. Y esta enseñanza conciliar, después de cuarenta años, sigue siendo de gran actualidad. En efecto, la libertad religiosa está lejos de ser asegurada efectivamente por doquier: en algunos casos se la niega por motivos religiosos o ideológicos; otras veces, aunque se la reconoce teóricamente, es obstaculizada de hecho por el poder político o, de manera más solapada, por el predominio cultural del agnosticismo y del relativismo.

Oremos para que todos los hombres puedan realizar plenamente la vocación religiosa que llevan inscrita en su ser. Que María nos ayude a reconocer en el rostro del Niño de Belén, concebido en su seno virginal, al divino Redentor, que vino al mundo para revelarnos el rostro auténtico de Dios.

Después del Ángelus

Saludo cordialmente a los peregrinos y visitantes de lengua española, de modo particular a los fieles de la Parroquia de San Antonio de Padua, de San Vicente dels Horts, así como a todos los que participan en esta oración mariana a través de la radio y la televisión. Que la contemplación de la figura de Juan el Bautista os anime a "preparar el camino al Señor" con un deseo cada vez más ardiente de salir a su encuentro. ¡Feliz domingo!


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[Edited by Paparatzifan 3/26/2013 10:53 PM]
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ANGELUS - 08-12-2005

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Jueves 8 de diciembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Es un día de intenso gozo espiritual, en el que contemplamos a la Virgen María, "la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna", como canta el sumo poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito y, en previsión de la muerte de él, la preservó de toda mancha de pecado (cf. Oración colecta).

Así, en la Madre de Cristo y Madre nuestra se realizó perfectamente la vocación de todo ser humano. Como recuerda el Apóstol, todos los hombres están llamados a ser santos e inmaculados ante Dios por el amor (cf. Ef 1, 4). Al mirar a la Virgen, se aviva en nosotros, sus hijos, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, que es fuente de alegría.

Hoy mi pensamiento va al 8 de diciembre de 1965, cuando el siervo de Dios Pablo VI clausuró solemnemente el concilio ecuménico Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, que el beato Juan XXIII había iniciado tres años antes. En medio del júbilo de numerosos fieles reunidos en la plaza de San Pedro, Pablo VI encomendó la aplicación de los documentos conciliares a la Virgen María, invocándola con el dulce título de Madre de la Iglesia.

Al presidir esta mañana una solemne celebración eucarística en la basílica vaticana, he querido dar gracias a Dios por el don del concilio Vaticano II. Asimismo, he querido rendir homenaje a María santísima por haber acompañado estos cuarenta años de vida eclesial, llenos de tantos acontecimientos. De modo especial María ha velado con maternal solicitud sobre el pontificado de mis venerados predecesores, cada uno de los cuales, con gran prudencia pastoral, ha guiado la barca de Pedro por la ruta de la auténtica renovación conciliar, trabajando sin cesar por la fiel interpretación y aplicación del concilio Vaticano II.

Queridos hermanos y hermanas, para coronar esta jornada, dedicada totalmente a la Virgen santísima, siguiendo una antigua tradición, esta tarde acudiré a la plaza de España, al pie de la estatua de la Inmaculada. Os pido que os unáis espiritualmente a mí en esta peregrinación, que quiere ser un acto de devoción filial a María, para consagrarle la amada ciudad de Roma, la Iglesia y la humanidad entera.

Después del Ángelus

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. Hoy, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, contemplamos a María que Dios preparó como digna morada para su Hijo. Que ella os ayude a recibir a Cristo, abriendo vuestros corazones con docilidad a su gracia y a su amor, para que así podáis decir siempre: "Hágase en mí según tu palabra".


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ANGELUS - 11-12-2005

Domingo 11 de diciembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

Después de celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, entramos en estos días en el sugestivo clima de la preparación próxima para la santa Navidad, y aquí ya vemos erigido el árbol. En la actual sociedad de consumo, este período sufre, por desgracia, una especie de "contaminación" comercial, que corre el peligro de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad y una alegría no exterior sino íntima.

Por tanto, es providencial que la fiesta de la Madre de Jesús se encuentre casi como puerta de entrada a la Navidad, puesto que ella mejor que nadie puede guiarnos a conocer, amar y adorar al Hijo de Dios hecho hombre. Así pues, dejemos que ella nos acompañe; que sus sentimientos nos animen, para que nos preparemos con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en el Niño de Belén al Hijo de Dios que vino a la tierra para nuestra redención. Caminemos juntamente con ella en la oración, y acojamos la repetida invitación que la liturgia de Adviento nos dirige a permanecer a la espera, una espera vigilante y alegre, porque el Señor no tardará: viene a librar a su pueblo del pecado.

En muchas familias, siguiendo una hermosa y consolidada tradición, inmediatamente después de la fiesta de la Inmaculada se comienza a montar el belén, para revivir juntamente con María los días llenos de conmoción que precedieron al nacimiento de Jesús. Construir el belén en casa puede ser un modo sencillo, pero eficaz, de presentar la fe para transmitirla a los hijos.

El belén nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios, que se reveló en la pobreza y en la sencillez de la cueva de Belén. San Francisco de Asís quedó tan prendado del misterio de la Encarnación, que quiso reproducirlo en Greccio con un belén viviente; de este modo inició una larga tradición popular que aún hoy conserva su valor para la evangelización.

En efecto, el belén puede ayudarnos a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, el cual "siendo rico, se hizo pobre" (2 Co 8, 9) por nosotros. Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a los que, como los pastores de Belén, acogen las palabras del ángel: "Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 12). Esta sigue siendo la señal, también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad.

Como hacía el amado Juan Pablo II, dentro de poco también yo bendeciré las estatuillas del Niño Jesús que los muchachos de Roma colocarán en el belén de su casa. Con este gesto de bendición quisiera invocar la ayuda del Señor a fin de que todas las familias cristianas se preparen para celebrar con fe las próximas fiestas navideñas. Que María nos ayude a entrar en el verdadero espíritu de la Navidad.


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ANGELUS - 18-12-2005

Domingo 18 de diciembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

En estos últimos días del Adviento, la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José, que vivieron con intensidad única el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús. Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. En la página evangélica de hoy san Lucas presenta a la Virgen María como "desposada con un hombre llamado José, de la casa de David" (Lc 1, 27). Sin embargo, es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como "hijo de David".

Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, "Custodio del Redentor". Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su "padre" José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la "justicia superior", que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20). Dejémonos "contagiar" por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior, para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.


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ANGELUS - 26 -12-2005

Fiesta de San Esteban

Lunes 26 de diciembre de 2005


Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber celebrado ayer con solemnidad la Navidad de Cristo, hoy hacemos memoria del nacimiento de san Esteban, el primer mártir, para el cielo. Estas dos fiestas están unidas por un vínculo especial, que la liturgia ambrosiana sintetiza con esta afirmación: "Ayer el Señor nació en la tierra para que Esteban naciera al cielo" (Al partir el pan). Del mismo modo que Jesús en la cruz se encomendó totalmente al Padre y perdonó a los que lo mataban, así san Esteban, en el momento de su muerte, oró diciendo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (Hch 7, 59), y también: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado" (Hch 7, 60). San Esteban es un auténtico discípulo de Jesús y un perfecto imitador suyo. Con él comienza la larga serie de mártires que han sellado su fe con la entrega de su vida, proclamando con su heroico testimonio que Dios se hizo hombre para abrir al hombre el reino de los cielos.

En el clima de alegría de la Navidad no está fuera de lugar la referencia al martirio de san Esteban. En efecto, sobre el pesebre de Belén se cierne ya la sombra de la cruz. La anuncian la pobreza del establo donde el Niño da vagidos, la profecía de Simeón sobre el signo de contradicción y sobre la espada destinada a traspasar el alma de la Virgen, y la persecución de Herodes, que hará necesaria la huida a Egipto.

No debe asombrar que un día este Niño, ya adulto, pida a sus discípulos que lo sigan por el camino de la cruz con total confianza y fidelidad. Atraídos por su ejemplo y sostenidos por su amor, muchos cristianos, ya en los orígenes de la Iglesia, testimoniaron su fe con el derramamiento de su sangre. Tras los primeros mártires han seguido otros a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

¡Cómo no reconocer que también en nuestro tiempo, en varias partes del mundo, profesar la fe cristiana exige el heroísmo de los mártires! ¡Cómo no decir, además, que por doquier, incluso donde no hay persecución, para vivir con coherencia el Evangelio hace falta pagar un alto precio!
Contemplando al Niño divino entre los brazos de María y viendo el ejemplo de san Esteban, pidamos a Dios la gracia de vivir con coherencia nuestra fe, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).

Después del Ángelus

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes y a cuantos participan en el rezo del Ángelus a través de la radio y la televisión. Que el misterio del Dios hecho hombre en Belén, que iluminó la vida del primer mártir, san Esteban, cuya fiesta celebramos hoy, alumbre nuestro camino para dar testimonio de amor y paz. ¡Felices fiestas!


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